Y de repente, alguien le puso música, una de esas infames, a lo que sería por siempre para él un recuerdo imborrable.
Era un día perfecto, un día de playa, de risas y de baños de un padre separado con su hija. Un precioso recuerdo en el que aquel ignorante de su azaña, e indeseable por la música elegida, incrustó una mierda de letra, de ritmo y de melodía.
Algunos indeseables tienen la virtud de emborronar los mejores momentos.