NATALIA
Sucedió.
Todos rezábamos para que no ocurriese, incluso las ateas como yo. Pero la llegada del horror fue inevitable.
Era veintisiete de octubre. El reloj digital del salón marcaba las 17:13 horas. Los números quedaron grabados en mi memoria para siempre, al tiempo que desaparecieron de la pantalla del aparato reflejando en ella nuestro rostro, congelado en una expresión de pánico que no nos conocía.
Olga estaba en el baño en el primer corte de luz de los tres que se sucedieron aquella fatídica tarde. Nos gritó para que le llevásemos alguna vela o una linterna para terminar cuanto antes la ducha. Al momento salió Carmen de su habitación alarmada al ver que no funcionaba el aire acondicionado. Rápidamente subí el diferencial y volvimos a respirar.
Dos horas y pico después, a las 16:32 h., volvió a pararse el split del salón. Carmen corrió al cuadro eléctrico, abrió la puertecilla y la oí maldecir a voces. Fueron tres minutos de verdadera angustia. No dependía de nosotras levantar aquel resorte que nos daba la vida, porque ya estaba subido. El problema debía estar en la sobrecarga del tendido eléctrico de la ciudad y no de algún fallo en nuestro piso de estudiantes. A toda prisa, y con la histeria recorriendo nuestras venas, apilamos las mochilas junto a la puerta de la entrada, de salida en este caso. Una de ellas se volcó justo cuando iba a la cocina a por el agua y las placas de hielo, y no tuve más remedio que saltarla para no caerme en el peor momento. Coincidió el posar de nuevo mis pies en el suelo con el encenderse la lámpara de la cocina, que había quedado prendida en una de las nerviosas y casi inconscientes pruebas que hicimos buscando una respuesta eléctrica. Entendimos entonces que había vuelto la luz. Suspirando aliviadas nos dejamos caer en el sofá cutre de dos plazas que para nosotras era el punto de reunión dentro de aquel simulacro de hogar. Olga, la mayor de las tres, lloraba en un estado de desolación absoluta. Quizás porque veía el peligro con más claridad que Carmen y yo, que en esos momentos todavía andábamos un poco atontadas. Conseguimos tranquilizarla gastándole inocentes bromas que ni nosotras nos creíamos, intentando alejar de ella los pensamientos apocalípticos cada vez menos absurdos. Luego decidimos prepararnos para huir al sótano del edificio donde se encontraba el garaje. Es lo que habían indicado que debíamos hacer semanas atrás en las noticias si ocurría lo peor.
En el último corte de luz, a las 17:13 horas, yo estaba rastreando internet con el móvil en busca de alguna noticia local sobre lo que estaba ocurriendo con la corriente eléctrica. No encontré nada. El contenido de las publicaciones en las redes sociales, en los periódicos digitales y en los portales informativos, era previo al mediodía. Puse de nuevo el teléfono a cargar para devolver al cien por cien la batería. Entonces, vi parpadear algo en el mueble donde reposaba el televisor, números en la pantalla digital del reloj. Después desaparecieron, sobrecogiéndonos el alma, estirándonos las cuencas de los ojos y las comisuras de los labios. Sumiéndonos en auténtico terror.
Segundos después Carmen, Olga y yo volábamos escaleras abajo como si nos persiguiera un asesino con un cuchillo, aunque esto era peor. Un loco armado podía fallar, pero no la temperatura desorbitada que te atrapaba y te consumía al pararse la climatización. Gritábamos, chocábamos con las paredes, entre nosotras; a la vez, otras puertas en el tercero y el primero se abrían para que, como afluentes de un río mayor, se nos unieran vecinos de mirada desencajada buscando como nosotras la salvación en el subsuelo del número catorce de la calle Sinaí.
DAVID
Mi padre gritó fuerte, diciendo que había pasado. Lloraba. Imagínate nosotros.
Llevábamos semanas rezando, desde que la presidenta salió por la tele en todas las cadenas y se puso a hablar muy largo. Yo no la entendía, pero mi madre me lo explicó así facilito y así ya lo supe. Nada de salir a la calle, pero ni cole ni nada. Ni mis padres al trabajo. Una cosa muy rara. «Como pasó con el Covid», dijo mi padre. Un confinamiento de esos.
Yo sudaba todo el rato y eso que bajamos todas las persianas para estar fresquitos. Desde que hacía ese calor grande me costaba un poco respirar, también porque soy gordito y me canso. Ya un día pasó algo malo. Se fue la luz y mis padres se asustaron mucho. Luego se encendieron otra vez y ya más tarde se apagaron para siempre. Y salimos corriendo y todo, al portal, debajo de la escalera, y ya de noche que el calor era más chico nos fuimos a una iglesia que estaba llena de gente y allí seguí sudando, pero menos. Aquello era una locura con tantos gritos y tanta gente asustada. Ahora ya está más tranquilo esto, aunque estoy harto de estar aquí, porque la gente se pelea y siempre se escucha a alguien llorar a la hora de dormir. Además, no puedo ir a pescar con mi padre al río, ni a pasar el día al parque del Alamillo los sábados como tanto nos gustaba hacer. Esto es un rollo, pero peor debe ser quemarse la piel con el sol que hay ahí fuera. Ya llevamos muchos días aquí, más que unas vacaciones de verano. Aunque estoy triste, también estoy contento. Me he hecho un amigo, uno que conocía del cole que siempre me insultaba y ahora no y hasta me ha pedido perdón y eso que ha descubierto que soy del Sevilla y él es del Betis. Así que mejor.
FRANCISCO
Sucedió.
Todos rezábamos para que no ocurriese. Yo lo hacía a Nuestra Señora del Socorro, que me miraba desde el azulejo pintado y enmarcado que coronaba nuestro dormitorio. Pero fue inevitable.
Desde que nos encerraron esos politicuchos y viendo el desastre en el que se estaba convirtiendo nuestro día a día, empezó a rondarme la idea de bajar al sótano y descubrir de una vez si era verdad la historieta que contaba siempre mi abuelo. Decía que tras el muro a la izquierda de la pila había una puerta tapiada que daba a un túnel que atravesaba media ciudad. Mi madre decía que estaba pirao y que se inventaba las cosas, que no le echara cuenta. «Ahora, en esta situación tan extrema, sería estupendo descubrir un pasadizo por el que moverse durante el día a otras partes de la ciudad», pensé. Así que tras varias semanas dándole vueltas sentado en el sofá, y con el aire trabajando sin descanso, decidí ponerme en marcha por si ocurría el apagón. Lo primero que hice fue buscarme herramientas para comprobar si ese túnel era solo un desvarío de mi abuelo o una maravillosa posibilidad de salvación.
Una noche salí y fui a la ferretería de Vicente. Casi no podía caminar aplastado por aquel calor. Era algo extraordinario, el infierno en un decorado conocido. Eché valor y seguí hasta la puerta que llevaba allí desde antes de yo nacer. Cuando vi el panorama se borraron de un plumazo mis dudas de cómo entrar sin romper nada. Ya estaba todo destrozado y saqueado, como el resto de tiendas de la calle. Un poco asustado me colé por el escaparate de cristal, que ya no lo era, y me puse a rebuscar entre todo lo que había tirado mientras pensaba en Manolo, el hijo de Vicente, que llevaba la tienda desde la muerte de su padre. Por suerte pude hacerme con una maza y una pala, con eso y una piqueta que yo tenía en casa podría hacerle frente a la pared que encerraba el secreto, o que no encerraba nada.
Llegué a casa asfixiado, tosía casi hasta el vómito y tuve que sentarme para recuperar el aliento y hasta la vida.
─ María, miarma, qué solo se está sin ti─ dije en voz alta balbuceando ─Y más ahora que el mundo se muere y tanto te necesito para afrontar los últimos días, que ya van llegando…
Esperé a la noche siguiente y cuando bajó un poco el calor me lie a mazazos. Me tenía que parar a menudo. Mis setenta tacos ya no me permitían muchas florituras, aun así, golpeaba con la fuerza suficiente para abrir aquel camino. De pronto la maza rompió otra cosa que no era ladrillo, sonó como un «¡crank!»Se había clavado en la madera de ¿una puerta?
Sonreí a la vez que tomaba aire. Estuve unos minutos con las manos en las rodillas y la cara frente al charco de sudor que me reflejaba en el suelo. El ventilador que me acompañaba en aquella batalla me recordó a cuando todo era diferente. Hacía tan solo cuatro años podía disfrutar de la brisa en los veranos con mi hijo, en Rota, o de los mediodías en una terraza con mi amigo Antonio y un par de cervecitas heladas. Escalofríos me da pensar ahora en el Sol tocando directamente la piel ¡Vaya putada!
Me levanté, cogí la maza y terminé el trabajo. Allí estaba el secreto, profundo oscuro y ¡frío! Un pasadizo que confirmó que de pirao no tenía nada mi querido abuelo Paco. Empecé a reír, mientras mis lágrimas se mezclaban con el inagotable sudor que brotaba de mi frente. Después subí a descansar para recuperarme y poder prepararlo todo.
MARINA
Sucedió.
Sabía por las noticias que todos rezaban, menos yo, que odiaba pedir a desconocidos. Aún con todos esos rezos y súplicas, la electricidad desapareció dejando a Sevilla ─y quién sabe a qué más─ sumida en este calor tan extremo que aumenta sin parar, hundida en la oscuridad. Se ausentó la corriente eléctrica y la luz de las casas, hospitales, hoteles y demás edificios donde nos escondíamos del clima como si de un bombardeo se tratase. También se marchó el resplandor del corazón de los vecinos que tanto llevábamos ya pasado y que poco a poco perdíamos las esperanzas de volver a vivir como antes.
Cuando oí el silencio total supe, por instinto, que había llegado el momento. Dejé la nota, triplicada, en tres lugares diferentes por si Natalia conseguía volver de alguna forma hasta el hotel. Ella sabía que estaría allí esperándola, por eso me quedé y no hui con los demás. En la nota escribí: «Nati, estoy en los baños, en el sótano. Baja, te espero cariño. Te quiero. Mamá»
Miré alrededor como si fuera la última vez que vería aquello y pensando en mi hija lancé un beso al aire. Bajé entonces por las escaleras hasta las termas, donde me esperaban los objetos que había estado colocando junto a las piscinas de agua fría y con los que pensaba que podría permanecer algún tiempo allí abajo.
Llevaba más de un mes sola en aquella asfixiante y húmeda situación y me estaba volviendo loca. Ya no podía subir al hall. El calor era insoportable y el móvil llevaba tres días sin funcionar. Ya no tenía noticias de nada. Lo encendía solo para ver si llegaba alguna notificación de mi hija o enterarme de alguna novedad y lo volvía a apagar, pero desde hacía varios días aquel puto cacharro, pese a tener algo de batería, no encendía. Apenas me quedaba comida y se me acababan las ideas para mantenerme entretenida, tranquila y cuerda. Intentaba dormir todo lo que podía para no pensar, pero llegó un momento que la cabeza parecía que me iba a estallar y no paraba de oír ruidos, como martillazos, que no sé si venían de algún lado o estaban en mi cerebro agotado, confundido, moribundo.
FRANCISCO
Preparé una mochila con bastante agua y comida, tiza blanca que había por el sótano para marcar el camino si lo necesitaba, una linterna y recambio de pilas. También llevaba el GPS que usaba para salir en bicicleta años atrás, por si me servía para guiarme por aquel túnel. Si es que todavía funcionaba.
A las 15:00 h. de la tarde, después de comerme la última lata de melva que me quedaba, y que acompañé con unos picos rancios, me coloqué la mochila y sin pensarlo más me sumergí en la oscuridad de aquel pasadizo.
Al principio iba despacio, volviéndome para mirar la luz de la entrada con recelo y pisando con cuidado por aquel suelo húmedo y fresco que había olvidado el roce de los zapatos. Después me concentré en el localizador, que parecía funcionar y comencé a ir más rápido. El túnel, sin ninguna bifurcación hasta ese momento, me dirigía al noroeste. Llevaría recorridos unos cientos de metros cuando noté que me faltaba el aire. Me costaba bastante respirar con normalidad. Además, en ese momento la linterna me hizo un extraño y se apagó. Me empecé a poner nervioso, muy nervioso. Le di un par de golpes y se me cayó al suelo. Me agaché en la negrura, la manoteaba, pero no daba con la maldita linterna. Gemía, casi sin aire, hasta que con la luz del Garmin conseguí ver un poco en aquel tétrico escenario y la descubrí pegada al muro derecho a unos metros de mí. La agarré y al ponerme de pie, noté una leve corriente de aire que me acariciaba la nuca y las orejas. Me di la vuelta impulsivamente buscando el oxígeno que necesitaban desesperados mis pulmones y casi al tiempo de devorarlo se encendió el estúpido chisme. Entonces lo vi. El pasadizo se dividía en tres unos pasos más adelante. Las ansias de vivir eligieron el camino. El que traía la ínfima corriente de aire era el de la izquierda, así que fue el que tomé. Hice unas marcas con la bendita tiza que cogí del sótano y proseguí la marcha. Iba rápido, buscando el origen de aquella brisa, tan alejada de la de los veranos de Rota, pero tan vital como aquella misma. Miraba obsesivo el GPS que me colocaba por la Cuesta del Rosario. Estaba pasándolo realmente mal con la respiración, el cansancio que me provocaba el calor constante y la incertidumbre de si encontraría una salida. No sé cómo, aún inmerso en aquella situación, podía impresionarme e incluso disfrutar de estar recorriendo Sevilla por sus entrañas, por vivir esa aventura a esas alturas de mi vida, por estar allí y no apalancado en aquel castigado sillón frente a la tele y la foto de mi María que, ahora que nadie nos oye, también iba en la mochila.
Me concentré de nuevo en el localizador y en la linterna. Ahora la marca en la pantalla me situaba en un lateral de la iglesia del Salvador. El camino empezó a torcerse en una amplia curva a la izquierda. Cada vez más aire y ahora un murmullo, y algo de luz. Guardé el GPS y me dirigí cada vez más rápido hacia lo que parecía un oasis en la fría oscuridad de aquel túnel.
DAVID
Ramón tiraba de mí diciéndome que corriera, que me iba a enseñar una cosa que había descubierto. Yo no quería correr, porque me rozan los muslos y se me hacen sobaduras,pero bueno, parecía que era importante. Corrí como pude hasta llegar a un pasillo fresquito y oscuro. Y me paré en seco.
─ ¡No! ¡Ahí te metes tú! Eso está negro, chavá.
─ ¡Venga! ¡No seas cagón Davisito! ─ dijo el guasón de mi amigo.
─ ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?─ sonó de pronto una voz de ultratumba que salía de un túnel, con su eco y todo. Era como en las pelis de miedo que me encantan pero que me asustan tanto y que veo escondido sin que mis padres me vean a mí desde el pasillo.
─ ¡Mierda, Ramón! ¡Te lo dije! ¡Es un monstruo!
Del susto me di la vuelta para pirarme de allí. Me trompece y luego me caí encima de mi amigo, que ya no se reía tanto y ya luego el monstruo nos ayudó y todo. Gritábamos mucho cuando nos puso las manos encima aquel fantasma y entonces apareció gente y eso, y el monstruo habló mientras yo salía por patas para arriba, donde estaban mis padres.
─ ¡Hola! ¡No tengáis miedo, por favor! Soy Francisco Hernández. Vivo en la calle San José y he llegado hasta aquí por este pasadizo desde el sótano de mi casa─ dijo el monstruo Francisco como con la voz de llorar.
Rápido lo subieron arriba a la iglesia, donde el cristo, y empezaron a hacerle preguntas. Mateo, el bombero, apuntaba en un cuaderno todo lo que le parecía, supongo que era importante lo que estaba contando porque todos se sorprendían. Hasta hubo un momento que aplaudieron y le dieron abrazos y todo. Qué raro, con el calor que hacía. ¡Abrazos!, ¡puaj!
NATALIA
El garaje parecía un campo de refugiados. Cincuenta y siete vecinos, vestidos con lo mínimo, pasábamos las apenadas y sudorosas horas entre aquellos coches parados desde hacía ya unos cuantos meses.
La subida de la temperatura había ido derivando en restricciones lógicas que hicieron que la vida de cada uno de los sevillanos terminara recluida en zonas protegidas con aire acondicionado. El uso masivo de la climatización terminó provocando el apagón por la sobrecarga en la red eléctrica. Y eso trajo el caos. Algún valiente, semanas antes, seguía usando el coche seguro de que el aire frío que lo despeinaba lo salvaría de las condiciones extremas que rodeaban al vehículo. No contaban con lo que los rayos de sol a través de las lunas de cristal podían hacerle a la piel. Empezó a morir gente, mucha, y se endurecieron las normas. Ahora intentamos sobrevivir, sin saber si hay algún remedio a este mal del que somos enteramente culpables.
─ ¡Mira, Natalia! Miguel, el del periódico de la uni, está haciendo un directo desde su cuenta de ‘Avant’:
«Somos un grupo de doscientas treinta y seis personas. Nos encontramos en la planta subterránea del edificio del ayuntamiento. Un grupo de policías está dirigiendo al grupo y nos piden que difundamos el siguiente mensaje: No salgan al exterior, ni siquiera de noche. La temperatura actual no dejará vivo a nadie que deambule por la superficie. Hay que resistir en lugares subterráneos hasta nuevas noticias. En el momento que sea posible se anunciarán nuevas medidas y fórmulas para reagrupar a la población. Mientras tanto, debemos permanecer en pequeños grupos que permitan la supervivencia. Las esperanzas de que cese el calor extremo están puestas ahora en…(interferencias)… trayect…. (interferencias)….del gobier….(interferencias, fin de emisión).»
Me sentí ridícula al dar un “me gusta” a la publicación. Lo cierto es que me animó mucho pensar que tal vez la situación pudiera ser reversible. Lo dudaba, pero prefería pensar en positivo. Desde que la alarma meteorológica se volvió definitivamente adversa y comenzó la escalada de calor, habían surgido varias hipótesis y teorías. Unas invitaban a preparar una muerte dulce, al plantear una situación definitiva en el que todos moriríamos de forma angustiosa y dolorosa en pocos años. Otras proponían rocambolescas opciones como crear y colocar una especie de sombrilla espacial para protegernos del Sol. Y otras, más creíbles, proponían parar drásticamente toda la quema de combustibles fósiles, así como poner en marcha soluciones climatológicas conocidas por su efectividad durante diez años, para bajar la temperatura del planeta. Durante esa década habría que habitar el subsuelo y aprender a vivir como ratas de alcantarilla.
El caso es, que allí estábamos, recorriendo túneles, viviendo hacinados en sótanos húmedos e insalubres, parando el mundo por orden natural, esperando que la última teoría fuese cierta y los días pasaran hasta llegar a una temperatura sostenible.
FRANCISCO
Me trataron como a un héroe. Me dieron algo de comida y un sitio donde descansar. Antes le hablé sobre las bifurcaciones que había encontrado en mi recorrido y que debíamos investigar para trazar un posible mapa.
Dos grupos se fueron turnando. El primero tomó el camino del centro una vez llegados al punto que marqué con tiza en la primera incursión. Les llevó directamente al ayuntamiento donde encontraron al grupo de doscientas treinta y seis personas allí recluidas. Intercambiaron comida y agua, así como oxigeno que tenían en el cabildo para primeros auxilios y que serviría para poder avanzar por las galerías sin peligros.
El segundo grupo dibujó el trazado que quedaba por explorar. Este, se dividía en cinco a los trescientos cincuenta y cuatro metros de trayecto, que fueron poco a poco recorriendo los diferentes equipos en un periodo de tiempo de tres semanas. Así, fueron conectando las diferentes zonas de la ciudad, que se mostraba ahora como un profundo laberinto del que nada sabíamos los ciudadanos de a pie hasta ese momento.
MARINA
No sabía cuántas horas llevaba inconsciente. La debilidad me tenía sumida en una especie de ensoñación. Ya no sabía qué era realidad y qué no. Además, estaba asustada porque creía ver apariciones fantasmales en aquellas termas iluminadas cada vez por menos velas. El círculo de luz a mi alrededor era muy pequeño y mis energías no me dejaban arrastrarme mucho más lejos de unos metros para encender las velas más cercanas.
¡Boom! ¡Plum! ¡Plum! ¡Plum!
«¡Joder, qué es eso! No puedo aguantar más, me estalla la cabeza», pensé.
Una nube de polvo que terminó de apagar las velas siguió a lo que sonó como un derrumbe. Luego aparecieron los haces de luz de las linternas que empezaron a escudriñar lo que tenía visos de convertirse en mi tumba.
─ ¡¿Hay alguien aquí?!─ preguntó alguien escondido tras la polvarea y la oscuridad.
Mi voz sonó como un gruñido. Al escucharlo se volvieron hacia mí y me iluminaron. Eran los integrantes del equipo de exploración venidos desde la iglesia del Salvador. Seguido se escuchó un llanto. Lágrimas de alegría, de tristeza y de preocupación, se colaban por la boca entreabierta de Nati, mi hija, que supo de súbito dónde se encontraban tras haber derruido el muro al final del cuarto corredor.
NATALIA
El aspecto de mi madre era como el de un cadáver. Apenas podía erguirse y los huesos parecían que romperían la piel de sus brazos en cualquier mínimo movimiento.
La llevamos al campamento del ayuntamiento en una improvisada camilla. Cuando llegamos, el equipo médico se encargó de ella a toda prisa para intentar salvarla de lo que parecía una muerte segura. Me separaron de ella casi a empujones y no tuve más que ir a intentar descansar.
Al principio no podía dormir. Sonaba además, entre el murmullo, una voz exaltada y esperanzadora en algún aparato de radio. Después, mis parpados empezaron a caer, justo cuando más despierta quería estar. El sonido hablaba del final. El calor se estaba disipando ¿De dónde venía ese bendito sonido? «En pocos días podremos volver a superficie» decía la locución.
Me sentía como drogada, no sé si era el cansancio, la falta de agua y alimento. Me desvanecí un segundo, intenté recobrar el sentido, pero mi cuerpo no reaccionaba. Otro largo parpadeo y empezó todo a dar vueltas, muchas vueltas, hasta caer en el más profundo de los sueños.
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No sé si habían pasado días, horas o una eternidad. Empecé a desperezarme hasta despertar. Sentada en la cama de mi habitación, con los ojos pegados y aún cerrados por la molestia de la claridad, escuchaba la música de los vecinos del B, que siempre estaba alta y era tan buena.
Entonces me di cuenta.
Todo había sido un sueño, un jodido sueño.
Los cortes de luz, las carreras hasta el garaje, el hacinamiento, los túneles, las muertes, los llantos, Francisco, los niños de la iglesia del Salvador, el campamento del ayuntamiento, mi madre moribunda…
Lloré sin consuelo. Había sido tan real. Tanto sufrimiento y tanta agonía combatidos por la unión de los sevillanos en un momento tan duro me hicieron pensar, entre gruesas lágrimas, que nuestra ciudad podría con cualquier situación.
Fui a la ducha aún compungida. Cuando salí del baño acababan de llegar Carmen y Olga de casa de los vecinos. Corrí a abrazarlas llorando de nuevo. Sorprendidas no dudaron en devolverme el cariño que necesitaba.
Les conté mi nochecita, terminando entre risas la loca historia que había preparado mi subconsciente para mí.
Más tarde, mientras estas cocinaban, llamé a mamá:
─ Mamá, ¡vas a alucinar!, no sabes lo que me ha pasado esta no…
─ ¡Nati! ¡Escúchame bien! ─ gritaba alarmada.─ ¡No salgas! ¡Enciende la tele!
No hizo falta cambiar de canal, estaban dando en todos la misma noticia. Las imágenes eran escalofriantes. Desde el interior de un supermercado del polígono San Pablo, alguien había grabado con su móvil cómo decenas de personas corrían hacia las cristaleras con erupciones en la piel. Gritaban enloquecidas a la vez que empezaban literalmente a arder, su pelo, su ropa, todo. Chocaban contra el cristal con la mirada desorbitada. Se amontonaban agónicos los cuerpos en la más horrible de las hogueras.
Horrorizada, intenté decir algo, pero la llamada se había cortado.

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