Las moscas del vinagre es un relato crudo, con una fuerte carga de denuncia social. Se aleja del thriller o el misterio, géneros en los que desarrollo mi actividad literaria, pero mantiene vivo en mí el compromiso por expresar la repulsa, el enfado y el malestar por todo aquello que considero injusto. Sensaciones que me acompañan y, me temo, permean cualquier cosa que escriba. En una capa inferior o superior de las historias en las que me enfrasco aparecen; planean sobre el protagonista o asoman la patita en el escenario de un crimen.

Es así, lo desee o no, y lo deseo. Considero que el entretenimiento no está reñido con la expresión de justicia, que la defensa de cada un@ como individuo, sea como quiera ser, o sea, es la base fundamental para lograr el objetivo de aportar algo digno a la sociedad. Esto de las moscas es otro intento de no vivir en balde; de dejar, por lo menos, una patada en las mentes sucias e insensibles que no quieren que venza el sueño de una felicidad de conjunto, una sociedad amable con todos.

Un relato en la pantalla

Esta historia ha tomado una nueva dimensión al llevarse a la pantalla en forma de cortometraje. El director Alex Fidalgo la ha redefinido a través de un lenguaje cinematográfico; la ha adaptado para su digestión visual en un trabajo conjunto que compartimos con la tercera pata del banco: La Asociación ACRE (Acercando Realidades). El proyecto se ha convertido en algo muy grande, en un abrazo que recoge el trabajo valioso y necesario de esta asociación. Una labor que podía ser representada a través de este guion y que, realzando algún colectivo de los que engloban sus servicios, así como la voz femenina acallada en el texto, debía ser trasladada al público. De esta forma se ha convertido en el vídeo promocional que celebra el treinta aniversario de la entidad. Una decisión valiente y original que dice mucho de su compromiso por las personas desfavorecidas y que, desde el momento de su primera proyección, está ejerciendo una tarea transformadora en cualquiera de los lugares en los que ha sido reproducido.

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Las moscas del vinagre

Yo ya sabía que no podía esperar nada de él, y ni por esas dejé de hacerlo.

Por algún extraño motivo creía que llegaría el día en que me diera una palmada en la espalda, o que me dijera algo que me hiciese sentir bien. Cuando mi madre contó mientras almorzábamos que yo había encontrado trabajo en el puerto, no hubo más que una mirada lenta de su parte. Ningún otro gesto. Terminó con los chícharos que quedaban en su plato, y se fue a echar la siesta. No dijo nada. Entendí que estaba de acuerdo o que no le importaba.

A las seis empezaba la jornada. Bajaba con la moto que me dejaba mi primo. Creo que hasta entonces no había conocido de verdad el frío. Moqueando y dando saltitos, esperaba que nos dijeran la tarea para ir el primero a hacer lo que tocase y así entrar en calor. Así conseguí mi primer sueldo. Todos los meses, a principios de cada uno, me llegaba el dinero al banco. Dinero fresco y limpio. Ya no hacía falta seguir trapicheando con la segunda mano o ir a mendigar al campo para tener algo en el bolsillo. No era gran cosa, pero me daba para ir ahorrando una pequeña parte. Con suerte me iría pronto de casa.

—Esta tía es gilipollas.

—¿Qué pasa, coño?

—La tonta esa, que está mal follá y lo paga con nosotros.

Se refería a Nati, la mano derecha de los jefes, de los dos hermanos, de esos dos necios. Los Cantero eran del tipo de hombres que parecen indefensos e inútiles, con aspecto de solterones y vestidos siempre con trajes en tonos grises. Puteros y hartos de sopa. De los que esconden maldad auténtica y son capaces de manejar a los que nos creemos muy listos y que no juntamos en la vida más que protestas y ruina. Hacían lo que fuese por mantener su nivel de señoritos y sabían bien cómo hacerlo. La otra, con aspecto de moderna, no tenía muy claro a qué se dedicaba, pero era más lista que los otros dos y tenía entre sus funciones bregar con nosotros.

Esta gente llevaba bastante más tiempo que yo trabajando allí. Cinco años, Migue, y tres Edu y Adri. Estaban bastante quemados, sobre todo Edu, que no paraba de quejarse y poner a parir aquello. Yo no lo veía tan mal, pero bueno, supongo que aún no me había dado tiempo a cogerle asco al trabajo.

Por las tardes iba a buscar a Luis al parking en el que curraba. Lo ayudaba con lo que le quedase y después tirábamos para el canal. Recuerdo el primer día que vine del puerto y le conté lo que hacía allí. «Pa eso me quedo aparcando» me dijo el imbécil. Lo quiero, aunque suelte este tipo de frases. Me gusta estar con él. Se lo cuento todo y disfruto cuando le da por reflexionar. De primeras no es fácil entenderlo, porqué en su cabeza salta de una idea a otra y lo que pasa entre medio tienes que adivinarlo, si no, no te enteras de nada. Pero cuando le pillas el punto te das cuenta de que su cabeza funciona mejor de lo normal y que no da puntada sin hilo. Yo lo escucho con atención, pero sin que se note demasiado. No me gusta regalarle la oreja. Cuando se da cuenta se comporta como un capullo.

El resto de la tarde leía algún libro. Y cuando se terminaba, otro. Me gustaban los de aventuras y de ciencia ficción, más que nada porque era lo que tenía a mano. Eran de un tío de mi madre, que murió, y fueron a parar a mi casa. Aún no entiendo por qué. Una pena que entonces no conocía otros, me hubiesen ayudado a entender mejor algunas cosas. Solía leer a escondidas. Tenía controladas las pisadas de mi viejo, su sonido al encarar el pasillo era para mí un sonido de alarma. Los compañeros del curro, creo que no leían mucho, apuesto a que «nada» sería lo más aproximado. Lo mismo ocurría en casa, donde mi padre, por algo que dijo una vez, pensaba que era cosa de maricones. Luis sí leía algo, pero todo sobre mecánica de motos o simplemente de motos. Ese algo no era mucho, no hay que confundir.

Llegó diciembre y yo pasaba el día entero con el frío metido en el cuerpo. Había programada una cena de Navidad con la gente del trabajo. Todo pagado por los hermanos. Ese día comprendí mejor lo que le pasaba a esta gente con la Nati de marras. La cena fue tranquila. Los jefes, y sus cercanos, en una mesa y los currantes en otra. En nuestra mesa todo tíos. Las conversaciones rara vez se alejaban del culo de la camarera o del viernes en el que alguno había conseguido acostarse con dos tías. Lo que hablábamos, creo que el alcohol estaba soltándonos la lengua y liberando relatos normalmente escondidos, se iba de madre. Uno de los compañeros, Adri, contó lo que les pasó con una mujer de su pueblo. Decía que estaba loca y que entre unos pocos se la follaron, que ella quería, que no fue otra cosa. Todos contestamos riéndonos, poniéndolo en duda, añadiendo bromas, casi a susurros, que ampliaban el momento, diciendo barbaridades. Luego le tocó el turno a la Nati, que iba vestida que quitaba el hipo. Se notaba que tenía otro nivel, tenía gusto. Sin ir llamativa provocaba las miradas de todos los hombres del restaurante. Su risa me sorprendió, era más bonita de lo que había creído percibir los días de entre semana en aquella fría nave. Migue, no tardó en centrar sus comentarios en ella. No podía soportar que tuviese novia, que le gustaran las mujeres. Se me bajó todo al escucharlo. La verdad es que no sé cómo puede existir gente así. Mejor muertos, dijo otro y yo le acompañé la gracia. No hubo tantas risas. Más bien pareció que una idea salvaje recorriera la mente de varios de los que estábamos allí. Nos miramos creyendo entender la conexión de nuestros pensamientos.

Antes de los postres ya andábamos medio borrachos. El volumen de nuestras voces sobrepasaba de forma constante a las del resto de comensales del salón. Los de la mesa VIP, que ya habían tenido suficiente, al salir, dieron por zanjada la comida de Navidad. Más bien, tomaron otro camino, y los currantes quedamos a merced de nuestras propias decisiones. Alguien sabía de un sitio al que ir. Una especie de discoteca por la zona del río. Al caminar hacia allí, cuando alcanzaba al grupo, después de mear en una esquina, vi el aspecto que tenían y que teníamos al llegar yo junto a ellos y nos sentí poderosos. Se descolgó al poco de entrar, Ramón; uno de los que se bandeaba entre los jefes y nosotros. Y mejor que se fuera, un padre de familia como él debía tener dos dedos de frente y este los tenía. Quedamos hablando a gritos por el volumen de la música, Adri, Migue, Roberto— otro que se fue al cuarto de hora— y yo. Pedimos la segunda copa y al fondo del local me pareció ver a la Nati. Estaba buenísima. Y desinhibida de aquella forma, más. Antes ni siquiera de avisar a estos y de que ella me viera, la vi besar a otra tía. Era mayor que ella, menos guapa, pero se la comía con ganas igualmente. Me dio asco. Migue miró a dónde lo hacía yo y su primera reacción fue escupir al suelo con rabia. Adri se descojonaba. Nosotros no. A mí me había cortado el rollo.

No tardamos en irnos. Ella no llegó a vernos. Y creo que fue lo mejor. Al fin y al cabo, no podíamos arriesgarnos a liarla y que nos la jugáramos en el curro.

Salimos, y antes de emprender el camino a otro bar, Migue se hizo tres rayas entre dos coches aparcados. No supe decir que no, y la esnifé con prisas. La conversación de después se volvió algo agresiva.

—¿Has visto con la vieja que estaba? ¿No se le levanta el estómago, cojones?

—No, hay mariconas de estas por todos lados. Y nadie hace nada.

—Pues lo hacemos nosotros, ¿no? ¡Y ya está! Un buen susto y se le quitan las ganas de refregarse con otras tías. ¡Asco de maricones!

—Un susto no acaba con esto. Algo más gordo le daba yo.

—¿Le dabas esto?—dijo Adri agarrándose la entrepierna y partiéndose de risa.

Migue le dio un puñetazo en el estómago. Sabíamos que no era en serio, también sabíamos que no era en broma. Con Migue es mejor andar con cuidado, y más si se estaba bebido como lo estaba en ese momento.

Tomamos algo más y, en cuánto pude, me largué en dirección a la estación de autobuses. En poco más de una hora saldría el que me llevaría de vuelta a casa. Lo esperé sentado en el banco que había frente al andén del que saldría y que estaba desocupado en ese momento. Se presentía el amanecer, aunque aún reinara la oscuridad y yo vistiese como la tarde anterior. La espera hizo que diera alguna cabezada que, por suerte, no evitó que tomara el autobús a las siete en punto.

El día siguiente fue para dormir y para bandear la resaca. No salí de la habitación más que para coger algo de comida de la cocina, ya por la tarde, y volver. Vi una película, de la que me perdí varias escenas, luego leí hasta que la forma en las que se me juntaban las letras volvió la tarea imposible y no muy tarde volví a sucumbir al sueño hasta la mañana del domingo.

Al despertar, estaba como nuevo y avisé a Luis por si quería acompañarme al mercadillo de segunda mano. Pasaron un par de horas en las que apenas hablamos, más que de los cacharros que veíamos en los puestos. Hasta que me sacó el tema de la cena de Navidad del trabajo, que cómo había ido.

—Pues bien, ya sabes, mucho comer y beber. Y un buen lote de reír también con los compañeros, que están como cabras.

—¿Te viniste en la moto?

—No, no. Pasé de conducir, ya sabía que me iba a hinchar de beber. Estuvimos al final, después de la comida, en un bar y estaba una de las jefas. Una que está muy buena, pero que estaba allí con la novia. Liándose y todo ¡Qué asco!

Luis estaba callado esperando a que continuara.

—¿Y qué pasó?—dijo por fin.

—Nada, joder. Que estaba con la  N O V I A. No con el novio.

—¿Y asco por qué, hostia? Tú no serás de esos, ¿no?

—¿De esos cómo, coño?

—De los que se asustan por ver a dos tías besándose.

—¿Asustarme? ¡Una mierda! Que no soporto a los maricones ni a las bolleras.

—Vale, sí que lo eres.

—Ya, ¿y tú no?

—Yo no, claro que no. Esas son las mierdas que te mete tu padre en la cabeza.

—No te pases, Luis.

—Que no, tío. ¿Qué más te da a ti lo que hagan los demás? ¿Hacen daño a alguien? Pues déjalos. Respeta y métete en tus cosas.

—Tú eres maricón también.

—Ya, sí.

Fue lo último que dijo antes de irse y dejarme con la palabra en la boca. No sé qué me jodió más, que se fuese dejándome sin rematar la conversación o lo que había dicho de mi padre.

Pasaron dos días y Migue no apareció por la nave, que estaba con fiebre y resfriado, dijo Edu. Después me contó Adri, que se había partido la boca con unos tíos en otro bar cuando yo ya me había ido. Le habían dado bien, pero él también había repartido, decía. El miércoles apareció con magulladuras que escondió como pudo y se limitó a no abrir la boca. El jueves, sí; en el desayuno, en el bar.

—¿Bueno y qué? ¿Cuándo hacemos lo del susto?

—¿El susto? No te pillo, Migue, tío.

—La bollera. ¿Cómo lo hacemos? A mí se me ha ocurrido una cosa.

Yo no entendía nada. No sabía a qué se refería, pero le seguí la corriente.

—Dentro de tres semanas hay una reunión de las empresas portuarias. Los jefes le dejan el marrón a la bollera, que tendrá que quedarse hasta que acabe, y eso no será antes de las diez y pico. Hay años que se ha alargado hasta después de las once. Ella se irá sola a casa en la bici. Tiene que volver, por huevos, por la zona de las esclusas, y eso a esas horas está desierto. Ese es el sitio donde la cogeremos.

Susurraba. Mientras, yo recordaba la charla del viernes pasado, a lo que se refería con el susto. Pensé que no pasaría de ser una broma. Pero no, iba en serio, muy en serio. Asentí en todo, haciéndome a la idea de que era lo justo. Que esa debía llevarse su merecido por estar así de enferma. Y acepté que, pasadas tres semanas, a esa pájara no le iban a quedar ganas de comerle los morros a nadie. No sé por qué también pensé que mi padre, de haber estado presente en la conversación, habría estado orgulloso de mí. Quizás hubiese visto que no soy una nenaza, como más de una vez me ha dicho o le he escuchado decir de mí.

Arranqué la moto y me dirigí a casa. Cuando llegué descubrí que había hecho el trayecto sin darme cuenta de nada, ni del tráfico ni de cómo demonios había llegado hasta allí. Le daba vueltas en la cabeza al susto. Es cierto que yo tenía arranques de ira, y en el colegio y en el único año de instituto, tuve que pelearme más de una vez para hacerme respetar. También es verdad que, más allá de eso, no era una persona violenta. Pero, bueno, esta tía se lo merecía. Porque se lo merecía, ¿no? Me pregunté.

A mediodía, a eso de la una, aquel sábado, tiré para los pisos. Me encontré a Toni y a Rafa, eran los dos únicos que no habían ido al partido de copa que se jugaba por la tarde en el Estadio Olímpico. Me contaron, respondiendo a mis preguntas, lo que había pasado en el equipo del barrio. Había oído algo y esta gente me lo aclaró. El Matías, el segundo entrenador del equipo de los mayores, había estado estafando a un chaval de los cadetes. Lo engañaba diciéndole que lo podía colocar en la cantera de uno de los grandes de Sevilla, en los juveniles, y que de ahí directo a primera. Pero que tenía que esperar un poco y, sobre todo, arrimarle pasta para ir comprando a su contacto. El niño andaba metiéndole mano a la herencia enclenque que escondían su madre y su tía debajo del colchón, pensando, el pobre inocente, que después, cuando llegase al primer equipo, se lo devolvería con creces. Le entregó varios sobres, hasta que descubrió al Matías de risas, contándole la treta a otro tipo. En el siguiente pago, en vez de sacar el dinero, le estampó una bota en la cara, y aunque no quería que se supiese, avergonzado por haber caído en la trampa, todo el mundo acabó por enterarse. Lo mataba, pensé. Yo lo mato, dijo Toni. Hacerle eso al chaval, que solo buscaba salir del agujero. Aprovecharse sabiendo que en la familia habían podido guardar unos billetes tras la muerte de la abuela. El niño no tenía padre, y se vio desamparado, además de abroncado en la casa cómo cabe imaginar. Al hijo de puta del Matías hacía semanas que no se le veía el pelo.

Apuré el cigarro y me fui a casa. Cogí una cerveza y me metí en la habitación con un bocata que había pillado en el bar de Julio. En el salón había voces, para variar, y todas salían de la misma boca. Me quité de en medio antes de que también me gritara a mí. Así que dejé a mi madre aguantando, con sumisión, los insultos velados de mi padre, como siempre había hecho, como siempre haría.

Me comí el bocadillo sin conseguir evitar que cayeran migajas en las últimas páginas de ‘El faro del fin del mundo’. Otro de Julio Verne que terminaba. Una vez retirados los restos de pan, fui al armario, donde casi escondía los libros del tío de mi madre. Los había consumido prácticamente todos. Me faltaban por leer solo tres. Uno era un diccionario de español /inglés, otro de Federico García Lorca, que no pensaba tocar, y el último el de un tipo que no me sonaba de nada. No es que llamara mi atención su portada, pero era el único de los tres que tenía alguna posibilidad. Así que, me limpié de nuevo las manos, lo tomé y me tumbé bocarriba en la cama. Era un libro de textos cortos. Bien, podía leer un poco cada día sin que tuviese que llevar un hilo. Mi cabeza en esos momentos estaba dispersa y no me dejaba concentrarme al leer. Comencé el primer texto y, para mi sorpresa, no pude parar. Fueron bastantes páginas las que leí. Demasiadas para el sueño que tenía. Era profundo y me pareció interesante. No usaba el lenguaje sencillo, casi infantil, de los libros de aventuras que había devorado desde que llegó a mis manos aquel lote inesperado. Lo que contaba me resultaba familiar, habitual, no tan ajeno. Y lo hacía con un estilo que era nuevo para mí y que me pareció ingenioso. Pese a todo, terminé por sucumbir al cansancio y, con el libro bajo la almohada, me quedé dormido.

Llegó de nuevo el lunes, y otra vez la moto y el viento frío de cara, queriendo metérseme hasta las entrañas. Me distraje cuando vino a mi mente el niño de los cadetes y también el protagonista del libro que había comenzado el día anterior. No sé por qué, los pensé como uno solo. Como si fueran el mismo. Y es que el del libro, sin haber sido engañado como el otro, por un adulto sin escrúpulos, sí había sufrido el maltrato de sus compañeros de clase. Por ser gordo, como yo lo fui, o por verse diferente, lo habían maleado con saña. Tenían en común el sufrimiento que alguien había decidido para ellos. Solo que uno no hablaba, lo hacían la gente del barrio por él, y el otro lo hacía consciente y lúcido, a través de aquellas letras. Expresando un análisis adulto al que llegaría solo una persona con carácter y cultura. Todo esto desapareció de mi mente cuando llegó el momento de aparcar, ya en el puerto, y dirigirme a la nave.

No fue hasta el final de la tarde cuando recibí las miradas de Migue. Habíamos quedado en tomar algo a la salida para avanzar en el plan. Adri, también se quedaba, pero apareció algo después que nosotros en el bar. Llevaba tres días llegando tarde y la bollo se lo había recriminado, además, aprovechó para avisarle de que no podía estar todo el día mirando el móvil. Cosa que, por otro lado, era cierta. Esto no fue más que gasolina para las ganas de partirle la cara que él ya tenía. Terminados los insultos, y callado con gestos por Migue, conseguimos fijar el día y la hora del escarmiento. Teníamos ya la certeza de la hora de la reunión y todo transcurría como habíamos avanzado en un principio. Quedaba la forma. No podía reconocernos. Nos tendríamos que cambiar para que no reconociera la ropa del trabajo y taparnos la cara. Adri, pensó en voz alta que por qué mejor no la golpeábamos con un coche cuando pasara y, una vez en el suelo, la pateáramos en silencio. El mensaje se lo dejaríamos al taparla con una de esas banderas que ondean la gente de su calaña. Sabría al instante, o más bien al volver en sí, de qué trataba el asunto. Nos pareció bien lo del coche, aunque complicaba las cosas. Lo haríamos con otro objeto, de forma inesperada, escondidos en la esquina por la que ella aparecería con la bicicleta. Con esto nos quedamos y tomamos unas pocas cervezas más. Aún me cabía alguna otra, mejor unas copas, así que cuando llegué a mi calle fui directo a lo de Manu, al Palmera. Pedí un ron y me acerqué donde estaban los futboleros, que estaban ciegos como piojos. Me contaron sus batallitas. Les reí las gracias, esperando a que apareciera la Trini. Pero no lo hacía, y ya me estaba cansando de hablar de fútbol y de cachondearnos de todo el que pasaba por nuestro lado. Me entraron unas ganas repentinas de irme y pillar el libro. Era lo único que iba a pillar esa noche, eso estaba claro. Y casi que me pareció bien, no sé qué tenía ese jodido libro. Supongo que era cómo se expresaba el autor. Las frases que tan bien reflejaban el sufrimiento del niño que, a todas luces, era él de pequeño. El escritor, que ahora imaginaba gordo, había conseguido engancharme y no quería dejar de leerle. Necesitaba descubrir si el protagonista se acababa vengando de los chulos de su clase. El niño parecía tener ansia por matarlos, pero no sabía cómo hacerlo. Le nacían las ganas, y donde yo hubiese actuado, a él se le morían, y no le quedaba otra que aguantar el maltrato un día sí y otro también. Me recordó tanto a mi madre.

No fue hasta la página cincuenta y dos, que el autor dejó entrever, y luego ver a las claras, que había sido criado por dos mujeres. Dos madres, decía. Entonces, donde debían invadirme las náuseas, no sentí nada. Y eso me cabreó. Me enfadé conmigo mismo y cerré de un golpe el libro, que quedó varios días sin abrir.

Una tarde de la semana siguiente, mientras embalaba unas cajas, vi moverse algo en la planta de arriba. Eran los gestos de la jefa, que me llamaba con movimientos sordos desde el ventanal que daba al almacén, indicándome que subiera. Miré hacia atrás pensando que era a uno de estos que andaba por allí, ella se río, y entendí que me llamaba a mí. Maldiciéndola, y algo extrañado, subí las escaleras hasta la oficina.

—Siéntate, Dani— Lo hice y esperé a que volviese a hablar.

—¿Cómo lo llevas? En unas semanas harás diez meses por aquí.

—Bien, lo llevo bien.

—Estupendo. Nos gusta cómo trabajas, Dani. Estamos contentos, y queremos que tú también lo estés. He hablado con Ramón y Antonio, y están de acuerdo en que te hagamos un contrato fijo.

—Gracias—acerté a decir, más confundido aún que antes.

—Sí, bueno, eso y darte un incentivo. Lo recibirás en tu cuenta junto con la nómina a primeros del mes de febrero.

Supongo que volví a dar las gracias con un ademán, porque los labios no los despegué.

—¿Bien con los compañeros? ¿Y los madrugones?

—Todo bien. A madrugar estoy acostumbrado de una época que trabajé en el campo.

No había terminado la frase y ya me preguntaba qué hacía yo charlando con aquella. Y pensé en el odio que le tenía a la gente como ella, pero de nuevo no lo sentí y eso sí que fue lo más raro que me ocurrió aquella tarde. Volví a enfadarme conmigo mismo por esa actitud blandengue que me estaba asaltando en según qué momentos. Esa vez lo hice con compostura, pues tenía delante a la jefa, a la que no supe llamar bollera ni siquiera en mi cabeza.

Bajé de nuevo al almacén, desconcertado y a toda velocidad. Deseando que ninguno de estos me hubiese visto; por suerte, así fue.

Cuando volví donde las cajas y retomé la tarea con la transpaleta, intenté poner en orden lo que acababa de ocurrir. Mientras lo hacía, en el reflejo de la protección de la máquina, vi la cara de tonto que tenía mientras pensaba en el contrato y en el regalo económico. Y la quité, cambiándola por la que marcaba mis facciones con dureza y que surgía al apretar los dientes con la boca cerrada, y fue entonces cuando me sentí inmaduro y un impostor, al mismo tiempo. ¿Qué me estaba pasando con todo ese vaivén de odios y flaquezas? Y me imaginé pateando a aquella mujer de preciosa sonrisa. A Nati, no a la bollera. Haciéndole daño. Tapándola con una bandera. ¿Muerta, tal vez? Un sudor frío bajó por mi frente y salió despedido por el viento, que entraba por el casco, al llegar a mis ojos. Porque ya estaba en la moto y la hora que había pasado, había pasado solo en unos minutos.

En el baño, mientras meaba, y con el móvil en la mano, vi llegar dos wasaps seguidos de Migue. Descubrí que no quería abrirlos en el mismo instante que los leí. Después los borró, imagino que una vez se hubo cerciorado de que los habíamos recibido Adri y yo. Los leí como el que mira un coche accidentado y no quiere ver al muerto, y recogí el mensaje que hablaba de banderas, de esclusas y de botas. El plan seguía su curso. Terminé y guardé el teléfono y algo nervioso fui hasta la cocina. Allí, en su hábitat natural, estaba mi madre. Y no hizo falta mucho para que le contestara cómo lo habría hecho el aprendiz más aventajado de su eterno maltratador. No supe pedirle perdón, aunque me hubiese dado cuenta en el mismo instante de mi error. La dejé digiriendo, como ya sabía hacer por inercia, un nuevo revés de su ‘familia’ y me marché a la habitación. Esa noche no leí. Estaba hasta los cojones de todo.

—Luis, ¿a qué hora terminas por la tarde?

En el tiempo del desayuno, lo llamé. Me contestó serio, pero no de mal rollo. Es un buen tío, de eso no hay duda.

—¿Qué pasa, Dani?— Dijo al verme llegar con la moto al canal. Apenas lo oí, más bien leí sus labios, porque justo en ese instante pasaba un avión. En menos de veinte segundos tomaría tierra. Lo teníamos calculado. No como las veces que habíamos ido a verlos aterrizar y sentirlos tan cerca. Esas eran incontables.

—Buen bicho ese, ¿eh? Creía que era un Beluga.

—Hostia, pues casi. Desde abajo lo parece.

—Tío, Luis, perdona por lo del otro día. Llevo unos días muy chungos.

—No, perdona tú por lo que dije de tu padre.

—Qué va, si tienes razón. Ese cabrón lo jode todo. Con mi madre se está pasando más de la cuenta y ya no me está haciendo ni puta gracia. Y bueno, pues yo, será que llevo su mierda de sangre. Yo qué sé. Así me va.

No dijo nada. ¡Qué le iba a contar yo a él! Me pasó el mechero y un cigarro, y lo encendí con una larga calada.

—¿Crees que esa gente está bien de la cabeza, Luis?

—¿Quién?

—Los gais, las lesbianas…

—Claro, Dani, tío. Se gustan, se quieren, y ¿quiénes somos nosotros para opinar? Que fluyan y nosotros a los nuestro. Son personas y ya está, no hay más.

—Pues los del curro quieren atacar a alguien.

—¡Joder! ¿Por ser gay? No entiendo nada, tío. ¿Pero tú…?

—No, yo no, Luis, tranquilo.

Pasó otro avión, y se perdieron las palabras en el ruido. Cuando volvió el silencio, yo comenté a dónde me iría montado en uno como ese y él, después de mirarme profundamente a los ojos, no tuvo más remedio que hablar de la mecánica del aparato y de los motores que montaba. Necesitaba estar tranquilo con alguien que me quisiera, no hablar de nada más, ni pensar ya en nada importante. Me habían sentado bien escupir esas dos frases, oírlo a él, pero ya era suficiente. Y nos quedamos fumando viendo cómo se preparaba otro avión para despegar, en cuanto le diesen permiso desde la torre, en el otro extremo de las pistas.

Me quedé en ese silencio muchas horas, meditando mi postura y no conseguía estar calmado. Las palabras de Luis se repetían en mi cabeza. Se acercaba el momento. Al viernes siguiente, a eso de las once de la noche, estaríamos pateando a la bollera. Y después correríamos entre risas, cuando ya nadie nos oyese y luego lo comentaríamos en un bar, qué buen servicio hemos hecho a la sociedad, así se les quitaran las ganas a esos desgraciados, diríamos. Y quizás lo repitamos, hay más gente a la que enderezar. Que nuestros hijos no tengan que ver eso. O ser criados por gente así. Como el escritor, pensé y se me heló la sangre. Sentí vergüenza de imaginarlo frente a mí. ¿Le haríamos eso a sus madres, de las que hablaba con devoción? ¿Sería verdad que una persona tan increíble podía ser hijo de dos lesbianas? ¿Sería yo capaz de ser juez y equilibrar un mundo que tal vez no es por ahí por donde se desangra? Pensaba en ello cuando Adri trajo las capuchas, también cuando quedamos a las ocho en los aparcamientos e incluso en el momento en el que tuve que comprar la puta bandera.

Todo estaba listo.

Pero aún era jueves.

Sentado en la mesa de la cocina mientras mi madre terminaba de hacer la cena, escuchaba el ruido de la tele en el salón. Mi hermano veía sus dibujitos. Mi padre todavía estaría en el bar. Mi madre callada frente al fuego. Yo, a la vinagrera que descansaba en el centro de la mesa. Escuchando en mi mente los consejos del escritor, que me hablaba con urgencia directamente a mí. Como si me hubiese reservado un capítulo, uno que estuviera dedicado al susto y quisiera él, con sus férreos argumentos, evitarlo. Unas páginas redactadas exclusivamente para las personas insensibles e incomprensibles, como yo lo era para él. Luis, a su lado, me traducía sus palabras, haciendo hincapié con sus cejas en las frases más acertadas. Sabiendo que le había mentido. Algo se movió dentro del vinagre, en la vinagrera, y allá que fueron mis ojos. Tenía la boca seca y estaba cada vez más nervioso. Su olor me invadía y me sentía al borde del colapso. Ya lo veo, son esas moscas, me dije sin separar los labios, como si pudiesen colarse en mi boca por no tenerla cerrada. Se movían despacio. Eran como las de casa de mi abuela. Esos bichos que nadie había llamado y que son como una plaga. Y entonces nos vi a nosotros en ellas; a Migue, a Adri, a Edu, a mí… Buscando una salida, esparciendo el odio por nuestro pequeño universo. Revoloteando ahora a toda velocidad. Ahora ellas, ahora mis puños, las botas de Migue en la boca de Nati, ahora arrastrarla del pelo, ahora la sangre en las rodillas de Adri, ahora el silencio, ahora las moscas.

Y dejó de ser jueves para ser viernes a las siete y cuarto de la tarde.

Estaba vestido y preparado. Sentado ya en la moto.

Me temblaba la mano que dirigía al botón de arranque. Sudaba avergonzado bajo el casco. Preguntándome quién era yo y quién quería ser. Recordando el saludo alegre de Nati la tarde anterior. Las palabras de Luis y el escritor. Repitiéndome que no quería ser como mi padre y que yo podía ser yo sin aquella palmada en la espalda.

Llevé la mano a la cabeza y me quité el casco, que arrastró las lágrimas hasta mi pelo. Saqué el móvil del bolsillo del pantalón y con dificultad conseguí marcar el número. No arranqué la moto y sonó la señal en el auricular. Luis apareció y corrió hacia a mí, agarrando con fuerza el manillar para impedirme iniciar la marcha.

Respondió entonces, al otro lado, una voz.

Él, que la oyó, dio un largo suspiro y con su mirada, de orgullo, esta vez, clavada en mis ojos, aflojó sus manos para soltar la moto.

Supo al instante que no me pondría de nuevo el casco, que no arrancaría la moto, ni pisaría esa tarde el puerto.